Schubert compuso esta obra durante 1823, y no es de extrañar que reflejara su estado emocional de esa época. Para entender dicho estado emocional bastará con comentar que el 8 de mayo de ese mismo año escribió un poema llamado Mein Gebet (mi plegaria) en el que expresa su deseo por que le llegue la muerte. ¿El motivo? El año anterior contrajo la sífilis, enfermedad en aquella época incurable que lo acabaría matando 5 años más tarde de componer esta sonata.
Cuando escucho esta obra, puedo sentir un torbellino de emociones, desde los agradables recuerdos a los trágicos pensamientos de sufrimiento y muerte. A menudo, durante el primer movimiento podemos escuchar como pequeños momentos de calma se vuelven de nuevo abruptos ataques de rabia. Como al final del movimiento, en el que un periodo de relativa calma se rompe de golpe para recordarnos que dicha calma es pasajera y no va a durar (de la misma manera que la enfermedad que sufría tiene periodos de latencia hasta que vuelve a atacar con fuerza). El segundo movimiento lo veo como un tierno recuerdo no exento de añoranza, a vece salpicado con un poco de esperanza, si bien no parece que sea la esperanza de que vengan tiempos mejores en vida, si no la del descanso de la paz de la tumba. El último movimiento está cargado de fuerza, de pasión, de tragedia, y los momentos de calma vuelven a ser sólo pequeños interludios que preceden a la tormenta. Y para acabar, tres acordes de la menor como una sentencia. Trágico, inamovible, inevitable.
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